Cien zapatos para cien pies

Escrito por en Más cuentos. Lo leerás en 4 minutos.

Ilustración: Beatriz Arribas

Cien zapatos para cien pies. Más cuentos en Cinco Minutitos Más

Unos querían formar una familia, otros se conformaban con sobrevivir, pero el larguirucho Carlos Andrés soñaba despierto, soñaba dormido, soñaba cada día con recorrer el mundo. ¡Para algo tenía 100 pies! Él podría llegar a la ciudad y visitar los lugares históricos el doble de rápido que el resto. Tenía que sacar partido a sus patitas y convertirse ¡en el aventurero de los aventureros!

En su anhelo se escondía un detalle jamás contado…Un secreto que se guardaba para sí. Y ahí, justo ahí, residía el inicio de su sueño.

Desde pequeño había visto a su padre suspirar por calzarse un centenar de pies. Nunca había podido hacerlo porque su prioridad era dar de comer a sus cinco pequeños. Hacía ya dos años que había caído enfermo y lo que empezó siendo un capricho se había convertido en una necesidad. No podía salir de casa descalzo porque no podía coger frío. Y como no tenía zapatos para cubrir sus cien pies, estaba encerrado en casa, viendo el sol desde la ventana y triste, muy triste.

Así que el mismo día en que Carlos Andrés acabó el colegio, se colgó al cuello la cámara de su abuela, al hombro el macuto con comida para los primeros días y con decisión emprendió la aventura de su vida.

Pasaron los años y Carlos Andrés ya había conocido París y su simbólica Torre Eiffel, Londres y el elegante Big Ben, Berlín y el histórico muro, Roma y el impresionante Coliseo… Visitó Austria, Hungría, Polonia, Noruega, Suecia, Rusia, Grecia y Turquía. Viajó a Siria, a La India, a China y a Japón. Recorrió todo el continente africano… En cada país compraba un zapato y mandaba una carta a su familia contándoles todas sus aventuras. Quería compartir con ellos su sueño, su felicidad, decirles que estaba bien y que pronto llegaría a casa con los cien zapatos para su papi, los más raros, bonitos y variados del mundo entero. Papá podría salir de casa y volver a sonreír.

Desde Madagascar viajó al sur de Argentina para recorrer el último continente: América. Ya solo le quedaban veinte zapatos por comprar y estaría de vuelta tras visitar los treinta y cinco países americanos. Cuál fue su sorpresa cuando cerca de Nuuk descubrió una pequeña colonia…

En principio, tenía pensado quedarse solo una noche, pero las hormiguitas en Groenlandia estaban muertas de frío y necesitaban una mano amiga. Así que Carlos Andrés les ayudó a construir una colonia más calentita para poder cobijarse de las bajas temperaturas y capear el temporal. Había visitado muchísimas a lo largo del mundo y sabía cómo hacerlo.

Pasaron meses hasta que finalizó la obra, y en todo ese tiempo nuestro ciempiés se convirtió en uno más de la colonia. Una vez finalizado el trabajo, era hora de volver. Repitió la misma operación que había hecho años atrás: se colgó al cuello la cámara de su abuela y al hombro el macuto con comida para los siguientes días. Pero esta vez había algo diferente, algo que le hinchaba el corazón de orgullo: cien zapatos distintos, coloridos, brillantes y preciosos que cubrían sus pies y que pronto cumplirían su misión. Devolver a su padre tantos años de esfuerzo.

Una soleada mañana de mayo, Carlos Andrés sin hacer mucho ruido empezó a descalzarse y a colocar justo delante de la puerta de su casa los cien zapatos en una fila enorme. Cuando terminó, llamó a la pequeña puerta de madera, que tan familiar le resultaba, con estrepitosa energía.

Toc, toc, toc, toc, toc!!!!

−¡Abridme familia! ¡Estoy en casa!− gritaba.

De repente, su padre abrió la puerta y vio cien zapatos rojos, amarillos, verdes, azules, a rayas, a cuadros, con cordones y con velcro, todos en hilera, todos para él.

Tal fue su alegría que no se dio cuenta y cruzó el umbral de la puerta descalzo. ¡Solo quería abrazar con fuerza a su hijo! Parecía como si de la alegría por verle, la enfermedad se hubiera esfumado.

Al cabo de un minuto, con la humedad del jardín, comenzó a toser. Rápidamente Carlos Andrés y sus cuatro hermanos le calzaron todos y cada uno de los zapatos. Faltó tiempo para ver a la familia abrigada y al completo jugando feliz en el parque.

Quizá su padre nunca pudiera volver a tener la fortaleza y salud de antes, pero al menos el ciempiés Carlos Andrés había conseguido devolverle parte de la alegría de vivir. Porque, aunque sea por segundos, una sonrisa todo lo cura.

 

¿Sabías que…
El ciempiés suele tener entre cien y trescientas patas. ¡Más de lo que sugiere su nombre! Para defenderse, se enrolla sobre sí mismo formando una espiral.