El secreto de los Mun

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Ilustración: Beatriz Arribas

El secreto de los Mun.

La alarma sonó.

‒¿En serio ya es la hora?‒pensó Pedro. ‒¡Si no me ha dado tiempo a nada!

El muchacho a regañadientes recogió el telescopio, lo metió con cuidado en la mochila, subió a su bicicleta y comenzó a pedalear tan rápido como sus piernas se lo permitían. La señora Mun odiaba la impuntualidad y él no tenía ninguna gana de hacer enfadar a su abuela.

Desde que nació, a Pedro le gustaba contemplar el firmamento. A él y a todos los Mun.

El día de su quinto cumpleaños, su abuelo salió del Cuarto Creciente con un paquete. ¡Era su regalo! Al desenvolverlo vio un planisferio y una linterna de luz roja.

¡Qué guay!‒gritó el pequeño emocionado.

‒Pedrito‒ le dijo su abuelo mientras abrían juntos el plano, ‒antes de observar el cielo estrellado y maravillarte ante él, hay que aprender a ubicar las constelaciones del hemisferio norte.

Esa noche, su padre, su abuelo y él fueron juntos al campo y con la linterna de luz roja y el mapa sobre la hierba, localizaron juntos a Casiopea, su primera constelación.

Un año más tarde, el abuelo volvió a salir del Cuarto Creciente. Esta vez heredó los prismáticos de su padre y al cumplir los ocho, ¡le regalaron un telescopio! Un telescopio que también salió empaquetado del Cuarto Creciente. ¿Pero qué había en ese cuarto, cerrado con llave, al que no le dejaban entrar hasta que cumpliera quince años? ¿Era el cuarto de los regalos? ¿De verdad tenía que esperar siete años más?

A Pedro le rondaron todas estas preguntas sin respuesta, pero cuando su abuelo comenzó a montar el telescopio, sus curiosidades se disiparon por esa maravilla de aparato que le mostraría estrellas, planetas, nebulosas ¡y todas las constelaciones!

Desde aquel día, a Pedro, al igual que al resto de los Mun, le cautivaba la bóveda estrellada. Cada vez que iba a casa de sus abuelos en el campo, no desaprovechaba una sola noche. ¡En la ciudad apenas se pueden observar las estrellas!

Él no sabría muy bien decir porqué pero sentía que allá en el  firmamento había un sinfín de secretos por descubrir.

El pasado 23 de agosto, día de su décimo cumpleaños, el cielo estaba nublado. Llovía a raudales. Sus padres no llegarían hasta la hora de la cena y sus abuelos tenían que ir a comprar azúcar y frutos rojos para la tarta. Y por primera vez, por primera vez en su corta vida, dejaron al niño solo en casa.

Pedro se prometió a sí mismo portarse bien. Pero pasaron una hora y dos, y nadie llegaba. En la tele no daban Dragon Ball, ya se había terminado el libro de aventuras, no podía ir a dar una vuelta en bici si no quería acabar completamente mojado, ¡y no era de noche como para salir a observar el firmamento!

Pero vamos a ver ‒pensó,‒¡seguro que en algún lugar la abuela tiene juegos o algo con lo que entretenerme!

Así que sin más dilación, Pedro se puso a buscar por toda la casa unas cartas, un monopoli o cualquier otro juego que le sirviera.

‒¡Ay mi madre!‒gritó de repente. Y como si fuera la joya de la corona, cogió con delicadeza una llave de plata que descansaba tranquilamente dentro de una caja de recortables.

La llave brillaba con elegancia y en su mango se dibujaba la silueta de una media luna. No podía ser otra. ¡Esa era la llave que abría el misterioso Cuarto Creciente del abuelo!

Pedro miró el reloj. No tardarían mucho en volver. O lo hacía ahora o se esperaba cinco años más para descubrir el secreto que se escondía en aquel cuarto. Sabía que no estaba bien entrar en un sitio que tenía prohibido, pero la curiosidad corría por sus venas más rápido que un jaguar corre por la sabana.

Subió sigilosamente las escaleras y se plantó frente a la puerta de madera azul. Metió la llave en el pestillo y giró tres veces a la derecha y una a la izquierda, tal y como había visto hacer a su abuelo tantas otras veces. Con nerviosismo y con extremo cuidado, la empujó dando un paso al frente. En cuestión de segundos, la puerta se cerró de un portazo y Pedro se sumió en el más absoluto silencio, en la más temible oscuridad.

Palpó la pared en busca de un interruptor. Estaba asustado. ¡Quizá no tenía que haber entrado! ¿Qué había allí? ¿Por qué estaba todo tan oscuro? ¿Dónde estaban los regalos? Y cuando el miedo inundó el corazón del niño, una lágrima se resbaló por su mejilla y automáticamente, como si una amiga le tendiera la mano, supo que la luz estaba justo encima de él.

El secreto de los Mun

Con la tímida lámpara encendida, el muchacho respiró más tranquilo. Frente a él había estaba la cómoda de su abuela. Tenía una igual en la habitación.

Observando más relajado, vio que estaba rodeado. Las estrellas llenaban la habitación por todas partes. Era como si sus abuelos tuvieran un pequeño trozo del firmamento metido en casa. ¡Era increíble!

Pedro se sentó en el suelo a contemplarlas en silencio. Jamás había visto estrellas tan bonitas y tan de cerca. En la habitación se respiraba paz. En su cara se dibujó una radiante sonrisa repleta de felicidad. Y fue en ese instante cuando el tercer cajón de la cómoda de su abuela comenzó a vibrar. Algo había en su interior que quería salir, algo vivito y coleando.

El niño, con el corazón en un puño, respiró hondo, abrió el cajón y con él descubrió el secreto de los Mun.

La luna descansaba tranquila en aquel Cuarto Creciente y ellos, Los Mun, eran los guardianes del satélite más grande del Sistema Solar.

¿Sabías que en la luna es imposible silbar, no hay viento ni sonido y su superficie es más pequeña que Asia?