Feo-Feíto ya no es feíto

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Ilustración: Beatriz Arribas

Feo-feíto ya no es feíto.

Feo-Feíto es un erizo pequeño y juguetón. Lo que más le gusta es el bocadillo de la merienda, aprender trucos de magia y dibujar. Lo que menos la hora del recreo. A Feo-feíto no le gusta nada el recreo. Si por él fuera, nunca habría recreo, y menos en su nuevo cole.

Normalmente cuando todos los niños están en el patio, él espera en clase y pinta paisajes rocambolescos. De vez en cuando, sobre todo los días soleados, juega a las canicas sin más compañía que sus bolas de colores.

No es que sea tímido nuestro pequeño erizo, lleva tres semanas en el cole y ya se ha presentado a todos sus compañeros. El problema es que los demás no quieren jugar con él porque, dicen, siempre arruina la diversión. ¡Pobre Feo-Feíto!

El primer día en el campo de fútbol, pinchó sin querer con sus púas el balón. El segundo día jugando al pilla-pilla, pinchó en el culete a un compañero sin mala intención. Al día siguiente, también con sus púas y sin malos propósitos rompió la cuerda saltando a la comba. ¡Pobre Feo-Feíto! Desde entonces, nadie quiere jugar con él, por eso odia tanto el recreo en el nuevo colegio.

Hoy su madre ha ido a hablar con la profesora. Está preocupada porque quiere que su hijo se divierta con el resto de compañeros, haga los trabajos grupales y sobre todo, sea feliz. Al salir de la reunión con la maestra, coge la mano de Feo-feíto y le propone ir a merendar un delicioso chocolate con churros.

Ambos llegan a la cafetería y mientras la camarera les sirve la merienda, Feo-feíto le cuenta a su mamá porqué los niños del cole piensan que el erizo estropea todos los juegos. Al instante, la madre estalla en carcajadas y el pobre Feo-feíto no entiende nada. ¿Será que su madre también se ríe de él?

¡No, claro que no! Resulta que a la mamá de Feo-feíto le había pasado de pequeña y, como todo en esta vida, es un problema que tiene solución. Así que le propone un plan:

‒Feíto—le pregunta su madre,—¿dónde crees que está el problema? ¿A caso eres tú quien fastidias los juegos? ¿Lo haces a posta?
‒No mamá, son las púas. Son un fastidio. Si pudiera, haría un truco de magia y las haría desaparecer—responde Feo‒feíto.
‒Feíto, mi pequeño, ni tú ni tus púas sois el problema. Mira, los leones tienen garras, el rinoceronte un cuerno gigante, y nosotros los erizos tenemos las púas. Sirven para defendernos. Quizá hoy no, pero algún día te serán útiles. ¿Cómo crees que podrías durante el recreo no hacer daño con las púas?
‒No lo sé mamá. Siempre que tengo miedo, las púas se ponen rígidas y muy puntiagudas. ¡Ahora ya sé que es para protegerme! Ahora entiendo porqué sin quererlo fastidié todos los juegos: cuando estaba de portero, pensé que el balón me iba a dar. Cuando saltaba a la comba, pensé que me iba a tropezar; y jugando al pilla- pilla, creí que me iban a atrapar. ¡Tuve miedo y mis púas me defendieron!
‒Correcto Feo‒feíto. Eres un niño muy listo. Ya sabes qué tienes que hacer: ser valiente y nunca jamás tener miedo.
‒Mami… ¿Y si un día, sin querer, me sale el miedo solo?
‒Ese día tendrás tus púas para protegerte. Feíto, ahora que tú y yo sabemos que las púas son útiles y buenas, ¿qué te parece si pensamos un plan para que tus compañeros sean tan valientes como tú y aprendan a no tener miedo de las púas?
‒¡Vale mamá!
‒Construiremos un traje de superhéroe con el que demostrar que las púas no hacen daño y así tus compañeros no tendrán miedo de lastimarse. En un tiempo confiarán en ti porque ya se les habrá pasado el susto. Será entonces cuando te quites el traje y les demuestres que las púas son buenas y que puedes jugar con todos sin peligro alguno. ¿Serás tan valiente como para convertirte en Señor Feo y enseñar a tus amigos lo buenas que son las púas de los erizos?
‒¡Sí, sí, sí!—contesta Feo‒feíto entusiasmado.

Cinco minutitos más tarde, madre e hijo vuelven a casa y juntos diseñan el traje de superhéroe.

Al día siguiente, Feo-feíto aparece en el recreo vestido de mil y un colores. El resto de compañeros se quedan pasmados. ¡Está guapísimo! Lleva una bola de corcho en cada púa y todas son tan esponjosas que abrazar a Feo-feíto es como abrazar a un osito de peluche.

El pequeño erizo ya puede jugar sin peligro de romper balones o cuerdas, ni de pinchar a ningún niño. Pero no es el traje de mil colores lo que hace a Feo-feíto no tener miedo, sino el conocimiento, la valentía y la confianza que su madre le ha enseñado.

Desde entonces, a Feo-Feíto le gusta el recreo, estar con sus amigos, los bocadillos de la merienda, dibujar, aprender trucos de magia, ser valiente y convertirse en Señor Feo.

¿Sabías que…
los erizos lo ven todo de color amarillo? En condiciones de alta luminosidad pueden distinguir también el color azul.