La ilusión de Alejo, el cangrejo

Escrito por en Más cuentos. Lo leerás en 6 minutos.

Ilustración: Beatriz Arribas

La ilusión de Alejo, el cangrejo
Entre rocas saladas y grandes corales vivía Alejo, ¡el cangrejo más rápido de todo el océano! O eso creía él…

Desde que comenzó en la Escuela Mejillón tenía una asignatura favorita: educación física. Realmente lo que le entusiasmaba era participar en las carreras. De toda la clase, era el cangrejo con mayores reflejos y, por supuesto, el más rápido. Así que cada vez que había en el cole una competición, Alejo lograba el primer puesto.

Sin embargo, de tan bueno era un poco chulito. Se burlaba de los cangrejitos que no corrían tan rápido como él. Era cruel y no le importaba. De hecho, le gustaba reírse de ellos. Sabía que nunca podrían llegar a correr con la velocidad con la que él corría.

Como cada primavera, la Escuela Mejillón organizaba tres días de conferencias donde cangrejos profesionales explicaban a los estudiantes en qué consistía su trabajo y cómo habían llegado a conseguirlo.

Este año Alejo escuchaba a los ponentes pero su mente se centraba sola y exclusivamente en una de las conferencias: la de Gumersindo Wolt, el cangrejo atleta más rápido de todos los tiempos. ¡Había conseguido nada menos que siete copas Estrella De Mar!

Alejo se sabía toda su vida: Gumer (porque le gustaba que le llamaran Gumer) tenía dos hermanas pequeñas y un bigote que jamás se afeitaba. Estaba casado con la cangreja más bonita del océano. Tenía cuatro hijos y dos nietos. Se jubiló en 2002 pero seguía poseyendo todos los récords de velocidad. Y lo más importante, desde entonces, cada año entrenaba a un cangrejo para correr los mil metros en los J.M.E, los Juegos Marinos Estatales. ¡Y este año iba a elegir a un alumno de la Escuela Mejillón! ¡Tenía que elegirlo a él!

Así que tras escuchar embelesado a Gumer, Alejo se inscribió raudo en las listas de posibles alumnos. Al día siguiente, hizo las pruebas y como era de esperar sacó los mejores resultados. Sin embargo, Gumer no estaba del todo convencido de que quisiera entrenar a ese cangrejo tan bueno y tan prepotente a la vez, así que ideó un plan.

−Alejo, ven aquí hijo. Sabes que eres el mejor corredor de Escuela Mejillón.

−Sí, señor.

−Y también sabes que por tus resultados debería escogerte a ti.

−Sí, señor. ¿Y no lo va a hacer? Soy dos, tres veces más rápido que el resto. Si soy mejor, ¿no merezco ser el elegido?

−Es cierto que eres el mejor corriendo−comentó pensativo Gumersindo.−Sin embargo, te falta algo muy importante que todo buen deportista debe tener.

−¡Pero si lo tengo todo!−protestó Alejo.

−¿Eso crees? Te reto, Alejo. Este sábado te llevaré a las fiestas de mi barrio. Competirás contra mis vecinos. No son nada del otro mundo, la verdad…Especialmente el viejo Silvio. Si les ganas, serás mi alumno. ¿Te atreves?

−¿A correr en una competición de barrio? ¡Pues claro! ¿Por quién me ha creído? Ni soy un gallina, ni voy a perder –remató Alejo.

−Hijo, plumas y pico no tienes, no. Te espero el sábado a las 12 menos cuarto en calle de la Ñocla número 15. Sé puntual y vente preparado. A las 12 dan el pistoletazo de salida.

−Allí estaré.

Alejo entrenó duro durante toda la semana. Nada le hacía más ilusión que ganar y entrenar con Gumersindo. Él quería ser atleta profesional, vencer todos los récords y pasar a la historia.

Llegó el sábado y cuál fue la sorpresa de Alejo cuando vio que en la competición, ¡no competían solo cangrejos! Siempre había estado rodeado de cangrejos, siempre había competido solo con cangrejos… No importaba. Aquella sería su primera vez y no tenía ningún miedo. Por mucha aerodinámica que tuviesen los caballitos de mar, él tenía diez patas mortalmente rápidas. Con orgullo y decisión, se colocó en la marca de salida y PUM! La carrera comenzó.

Sin pensar, sin mirar, Alejo corrió y corrió. Solo oía risas de fondo. No. No eran risas. Eran carcajadas crueles y malvadas. Pero, ¿de quién se reían? Alejo bajó la intensidad y se detuvo a mirar. ¡Qué tonto! ¡No había caído! ¡Estaba corriendo del revés! ¡Los cangrejos siempre corren y caminan de espaldas! Todo el público se estaba riendo de él. Mientras los demás corredores avanzaban hacia delante, ¡él retrocedía y encima a una velocidad vertiginosa!

Al darse cuenta, Alejo frenó en seco. JAJAJAJAJA. Retumbaba el sonido en el estadio. JAJAJA. Eran risas estridentes que le hacían daño en el oído. No, en el oído no. Le hacían daño en el orgullo, en la ilusión, en lo más hondo del corazón.

Los ojos de Alejo se inundaron de lágrimas. De repente, un pequeño erizo de mar le extendió la mano.

−Coge mi mano, Alejo. Solo pica mi cuerpo, pero mis manos están suaves como la seda.

Alejo sin pensarlo, le dio la mano. Necesitaba que lo sacaran de allí. No podía sentirse más dolido, más frustrado, más triste.

Cuando llegaron a casa del erizo, éste le preparó una reconfortante sopa, le tapó con una manta, le miró a los ojos y le dijo:

−Alejo, relájate. No pasa nada. En cada caída aprendemos algo. Escúchame con atención. Cuando yo era joven, todos se reían de mí. No les gustaban mis púas y me insultaban llamándome Pinchín. ¿Y las chicas? ¡Oh, las chicas! ¡No querían salir conmigo porque temían que las pinchara con mis púas! Un día, me enfadé tanto que pinché a un estudiante. Lógicamente eso no se hace. ¡No me mires así! ¡No hay que hacer daño a nadie! Resulta que en la sala de castigo estaba Gumer y allí, nos hicimos amigos. La sala de castigos pasó a ser la sala de diversión, porque juntos nos lo pasábamos de cine. Un día, Gumer estaba en apuros, y gracias a mis púas pude ayudarle. Desde el día en que salvé al héroe de todos los tiempos, nadie me dice nada porque les demostré que las púas no eran tan malas como ellos creían. ¿Entiendes?

−Sí. Pero y eso… ¿qué tiene que ver conmigo?

−Pues mucho, hijo. Gumer sabe que eres el mejor corredor. Pero también sabe que te ríes de la gente de la misma forma en que hoy se han reído de ti. Por eso debes aprender la lección. Porque para ser un buen deportista, tienes que entrenar tus patas y tenazas tanto como agrandar tu corazón. Aunque tus compañeros no corran igual de rápido ni de bien que tú, todos y cada uno de ellos tiene una cualidad que les hacer ser especiales. Por eso, no debes reírte de nadie. Al contrario, debes acercarte a ellos y descubrir qué cosa tan especial tienen.

Desde ese sábado, Alejo cambió su actitud. Abrió bien los ojos, también los oídos y se prometió así mismo dos cosas: la primera, que nunca jamás se volvería a reír de nadie, que buscaría aquello que a cada uno le hace ser único. ¿La segunda? Que la próxima vez tendría en cuenta su condición de cangrejo y correría de espaldas para así no competir en dirección contraria.

¿Sabías que… 
los cangrejos azules deben su nombre a sus patas color zafiro?