Ramón, el verde camaleón

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Ilustración: Beatriz Arribas

Ramón, el verde camaleón

En el bosque más frondoso de Madagascar, entre árboles y flores de colores, vive Ramón, el camaleón.

Es pequeño y verde, y como el resto de su familia, tiene una lengua larga y súper rápida para captar los insectos más sabrosos, unas patas con forma de manopla para trepar por los árboles más altos, y unos ojos grandes y globosos para ver absolutamente todo. Cada ojo se mueve como quiere, dándole al camaleón una vista singular de casi 360 grados.

Hasta aquí, Ramón era como los demás. Sin embargo, poseía una peculiaridad que ningún otro camaleón tenía…

Y es que todos los camaleones pueden cambiar su piel de color. De verde a rojo, de rojo a azul, de azul a amarillo, y así ¡hasta mil y un colores! Pero Ramón no podía.

Desde que nació, su mamá le intentaba enseñar cómo cambiar de color. Le decía que para comunicarse tenía que lucir su piel de forma diferente. Por ejemplo, si estaba enfadado porque su hermana le quitaba los juguetes, tenía que cambiar de verde a  color rojo-enfado. Si estaba feliz como una perdiz porque había ganado un partido de fútbol, tenía que cambiar de verde a amarillo-soleado. ¿Que tenía un día triste porque las cosas no habían salido como a él le hubiera gustado? Debía cambiar de verde a azul-tristeza.

A pesar de las enseñanzas de su madre y por más que Ramón lo intentaba, el pequeño camaleón era incapaz de cambiar de color. Él siempre tenía la piel verde, verde-esperanza.

Cada día Ramón intentaba cambiar el color de su piel, cada día se entristecía al comprobar que en lugar de ser azul, seguía de verde, verde-esperanza.

Había sido su papá quien llamaba al verde, verde-esperanza. Ramón sabía que su padre lo hacía para que él se sintiera mejor, pero no ayudaba. Ramón quería ser como el resto, ¡quería comunicarse con los colores de su piel! ¡Estaba harto de ser verde, todo el rato verde!

Un día, del enfado, de la rabia, del agobio de ser verde, se puso a andar y a andar, a trepar y a trepar. Pasó por los árboles que ya conocía, cruzó la frontera y descubrió otros que no había visto nunca. Siguió andando hasta caer agotado y, cuando no pudo más, se cobijó en la rama más estable del árbol más alto y frondoso. Cerró los ojos y se durmió.

Con los primeros rayos de sol, el pequeño camaleón se despertó sobresaltado.

Justo en frente de él había un camaleón tres veces más grande, cinco veces más viejo. El color verde de su piel se veía desgastado por los años, y sus grandes ojos globosos tenían más arrugas que las de su abuela.

‒Hijo, ¿qué haces solo y tan lejos de tu casa? ‒ preguntó con voz ronca y profunda el anciano camaleón.

‒Me entró rabia y me puse a caminar sin descanso. Y la verdad, no tengo ganas de volver. No tengo ganas de nada ‒respondió Ramón con tristeza.

‒¿Qué hace que estés tan apagado jovencito? ‒dijo con intriga el anciano.

‒Soy verde. Soy un camaleón verde que no puede cambiar de color y me gustaría ser como el resto ‒contestó Ramón con pesar.

‒Pequeño, no sabes lo que dices. ¡Peores son otras cosas! Peor es estar solo en el mundo. Peor es que nadie te quiera. Peor es no poder compartir. Tu problema, tiene solución ‒ respondió con sabiduría.

‒¿Sí? Entonces, ¡dígame! ¡Dígame cómo puedo cambiar de color! ‒dijo Ramón esperanzado.

‒¡Ah, no! ‒ contestó divertido el anciano. ‒Quédate en mi rama un día más. Piensa en lo que te he dicho. Medita y reflexiona. Entiende que lo más importante en la vida no es ser como los demás, ni mejor que los demás, sino compartir tu vida con quienes te importan. Piensa en tus padres, en tus hermanos y abuelos, en lo preocupados que estarán por no encontrarte. Piensa en qué pasaría si nunca más pudieras verlos. Piensa en qué pasaría si no los tuvieras. Cuando entiendas lo necesario y fundamental que es tu familia, verás que el no poder cambiar de color no es una preocupación, ni algo por lo que estar triste, verás que solo es una característica que te hace diferente del resto, que te hace ser especial.

El anciano, con paso lento, descendió por el árbol y dejó solo a Ramón pensando en lo que había dicho.

Ramón recordó lo divertido que es jugar con su hermana, los babosos besos de su madre, la gran sonrisa de su padre. Recordó las divertidas historias que le contaba su abuela, los guiños cómplices que le brindaba su abuelo, lo mucho que le arropaban sus padres por las noches, lo mucho que le quería su hermana a pesar de quitarle los juguetes y entonces, una enorme lágrima descendió por la cara de nuestro verdoso amigo. No era una lágrima de tristeza, sino una lágrima de culpabilidad. Se sentía mal por haberse ido sin decir palabra, se sentía mal por estar lejos de casa.

Veloz como un rayo descendió por el árbol, y vio que abajo le esperaba el anciano con una mochila entre sus manos.

‒¡Tenía usted razón! No he necesitado ni un día para darme cuenta. Con solo recordar cómo se portan conmigo, lo mucho que me quieren y me cuidan, me he dado cuenta de mi error‒ admitió Ramón compungido.

‒¡Ya sabía yo que eras un chico listo! Por eso, tengo un regalo para ti. En esta mochila encontrarás pinturas de colores. Cada vez que quieras comunicarte a través de tu piel, coge una de estas ceras y pinta tu cuerpo con ellas. Quien pensara que no podías cambiar el color de tu piel, se equivocaba ‒sentenció con un guiño el anciano.

Agradecido, Ramón se colocó la mochila al hombro y se despidió del anciano.

A partir de entonces, no se recuerda a Ramón por ser siempre el verde camaleón, pues descubrió su destreza con las pinturas y cada día viste de formas y colores diferentes. A partir de entonces, se recuerda a Ramón como el pintor camaleón, cariñoso con su familia y agradecido con la vida.

¿Sabías que los camaleones no cambian de color según en ambiente, sino que en realidad cambian de color para comunicarse?