Sherezade y su piedra de jade

Escrito por en Más cuentos. Lo leerás en 4 minutos.

Ilustración: Beatriz Arribas

Sherezade y su piedra de jade

En un pequeño castillo al pie de las montañas, vivía la princesa Sherezade. Era algo bajita y rechoncha, de pelo castaño, grandes ojos verdes y sonrisa abierta. Tenía unos mofletes tan redonditos y tiernos que su madre en lugar de darle un beso, le daba un pequeño mordisquín en el pómulo haciendo que Sherezade riera a carcajadas. ¡Le hacía unas cosquillas tremendas!

A Sherezade le gustaba hacer excursiones por la montaña, jugar con otros niños, comer hamburguesas y pasar la tarde con su madre, sobre todo cuando volvía de un viaje trepidante.

La tarde en que la reina regresó de la China, tenía mil historias que contar a su princesita, así que encendió la chimenea del gran salón, preparó un chocolate caliente y estuvieron hablando durante horas.

‒Pequeña, ya es tarde y solo me queda una aventura más por contarte. Es la más importante. ¿Me escucharás con atención? ‒decía mientras su hija afirmaba con la cabeza y abría los ojos con curiosidad‒ Al undécimo día llegué a Yang-Feng-Hu y te echaba mucho de menos. Cuando estás lejos de casa, la añoras y la quieres aún más. Así que como Yang-Feng-Hu es un pueblo precioso situado cerca de las montañas, decidí salir un rato a respirar aire puro y a esclarecer la mente. Cayó la noche y no encontraba el camino de vuelta. De repente, vi a lo lejos un chorro de humo desdibujando el cielo oscuro. Supuse que alguien viviría allí y quizá con suerte, me acogería en esa fría y negra noche.

‒¿Y qué pasó mami? ¿Era una casa? ¿Te quedaste sola en la montaña? ¡Te podían haber comido los lobos! ‒contestó la niña nerviosa.

‒Me dirigí hacia allí y de camino fui recogiendo algunas flores para preparar un pequeño ramo. Cuando llegué al lugar de donde provenía el humo, encontré una cabaña de madera, modesta pero limpia y bien cuidada. Toqué a la puerta y una anciana respondió a mi llamada. Le ofrecí el ramo, le conté que me había perdido y muy amablemente me invitó a pasar.

La anciana era humilde, vivía con su marido y no tenía demasiado, pero lo poco que tenía me lo ofreció sin apenas conocerme. Eso, pequeña Sherezade, es bondad.

Mientras observaba con curiosidad el interior de la cabaña, colocó frente a mí un cuenco de sopa y un mendrugo de pan. Las paredes, los muebles y utensilios… todo era de madera. Pero en aquellos agujeros donde la madera estaba carcomida, brillaban unas preciosas piedras verdes.

Esa noche, disfrutamos en silencio de la cena y al acabar, nos sentamos juntas al lado de la chimenea, tal y como estamos tú y yo ahora, y nos pusimos a hablar.

Me contó que llevaba toda la vida en aquellas montañas, que eran su hogar. Esa cabaña, decía, la había construido con su marido, quien una vez al mes bajaba en burro hasta Yang-Feng-Hu para vender madera a cambio de unas monedas con las que comprar viandas. Con solo verla, se sabía que era una mujer fuerte y decidida, sabia y paciente.

A la mañana siguiente, procuré levantarme antes que ella para prepararle el desayuno. Pero cuando me puse en pie, la anciana ya no estaba. Me calcé las botas, me abroché el abrigo y salí a buscarla. Sí, allí se encontraba, como a un kilómetro de distancia.

Fui corriendo hasta ella para coger el peso de la cesta que acarreaba. Al parecer, la mujer salía cada mañana en busca de frutas silvestres.

Preparamos mermelada y desayunamos sabiendo que al poco tenía que separarme de tan adorable persona para retomar mi viaje de vuelta.

Al despedirnos, el sol ya calentaba lo suficiente, así que le regalé mi abrigo a la anciana. Quería agradecerle de alguna forma el trato que me había dado y pensé que el abrigo le serviría más pronto que tarde.

Justo antes de irme, la anciana me dijo pensativa: ‒Llevas en la cabaña muchas horas, anoche vi que te fijabas en las piedras preciosas. Sin embargo, no me has preguntado por ellas, ni has cogido ninguna… ¿Puedo saber por qué?

Era fácil responder a esa pregunta. No soy nadie para coger lo que no es mío y mucho menos de alguien que ha sido tan generoso conmigo.

La anciana me hizo sentar en la escalera a la entrada de la cabaña, se colocó a mi lado y del bolsillo sacó un pañuelo de seda. Lo desplegó y me mostró una de sus muchas piedras preciosas, pero esta tenía algo especial. Estaba tallada en forma de lágrima y brillaba más que ninguna otra.

Querida‒me dijo‒, ésta es para ti. Es una piedra de jade, se encuentra en estas montañas y atrae la buena suerte. Es resistente y dura porque cuenta la leyenda que proviene de un dragón.

Insistió en que le aceptara la piedra. Así la recordaría toda la vida, dijo. Se dispuso a enseñarme el camino de vuelta y fue entonces cuando abracé a la anciana. Le di las gracias una y mil veces y partí.

Al llegar a Yang-Feng-Hu ordené que llevaran viandas y unas monedas a la cabaña, además de una carta. Me sentía en deuda con la anciana.

Y aquí, pequeña Sherezade ‒decía la madre mientras desenvolvía un pañuelo rojo de seda‒, tienes tu piedra de jade. Guárdala con cariño y cuando la veas, recuerda que la buena suerte no está en la piedra, sino en la bondad.

¿Sabías que… en la milenaria cultura china el jade fue considerado por mucho tiempo como infinitamente más precioso que el metal amarillo? Reza un viejo dicho chino que “El oro es valioso, pero el jade es inapreciable”.