Superhéroes

Escrito por en Más cuentos. Lo leerás en 4 minutos.

Ilustración: Beatriz Arribas

Superhéroes

A eso de las nueve de la noche, Jaime, Álvaro y Fer escuchaban a su padre muy atentos. Con entusiasmo, les leía parte de un cómic y siempre cerraba el tomo en el momento más álgido, en el más intrigante, ¡cuando los villanos iban a hacer algo terrorífico!

Los tres hermanos entre el cansancio y el misterio, soñaban por las noches con finales alternativos donde ellos, ¡qué casualidad!, eran los superhéroes.

Los cuentos, decía su padre, estaban bien pero un cómic de Spiderman, del Capitán América o de Iron Man… era algo superior. La emoción, el peligro, la acción y, cómo no, los superpoderes hacían de los cómics la mejor lectura.

Después del cole, los hermanos se asignaban entre ellos un personaje y jugaban a ser superhéroes. Soñaban con tener una capa que les permitiera volar, con tener un par de lanzatelarañas o el poderoso martillo de Thor. No importaba que lo imaginaran despiertos o dormidos, ellos siempre querían salvar la ciudad.

Un día Jaime, el mayor de los tres hermanos, fue hasta su padre y le preguntó: ‒Papá, ¿crees que cuando seamos más mayores tendremos superpoderes? ¡Es que me gustaría muchísimo!

El padre, que se sentía muy identificado con sus tres pequeños, tuvo una gran idea. Cogió la mano a Jaime, le guió hasta la habitación y colocó a los tres en fila.

‒¡Fiiiiirmes! ‒dijo con autoridad.

Los niños se miraban entre sí con una gran sonrisa a la espera de lo que su padre les tenía preparados.

‒Hoy, chicos, es el día. Será hoy cuando cada uno de vosotros recibáis el mayor superpoder de todos. Pero para eso, tenéis que estar preparados. ¿Estáis preparados? ‒preguntó el padre con voz seria.

Los niños no sabían qué decir. ¿Estaban preparados para recibir un superpoder? Pero… Si no lo estaban ellos, que se sabían de memoria todos los trucos y triquiñuelas de los cómics, ¿quién lo estaría?

‒¡Sí, lo estamos! ‒afirmó convencido Álvaro, el mediano.

El padre cogió una piedra pequeña y redonda del verano de hace tres años, una camiseta azul marino tamaño gigante y una pintura color verde oscuro. Fue hasta la cocina y los niños siguieron a su padre con mucho interés. Puso tres vasos de cristal sobre la barra americana y vertió en ellos leche bien fría. Al lado de cada vaso, colocó un plato con tres cerezas y una galleta en cada uno. A continuación, hizo una seña indicando a los chicos que debían sentarse.

Bien ‒comenzó diciendo‒, antes de adquirir el superpoder tenéis que coger fuerza. Un superpoder requiere cinco comidas al día: desayuno, almuerzo, comida, merienda y cena. Y hoy, no habéis merendado. La leche hará que crezcan vuestros huesos, la galleta os dará fuerza y las cerezas energía. ¡A por ello campeones!

Los tres hermanos merendaron cual rayo,trueno y relámpago. Estaban impacientes por recibir su superpoder.

Cuando hubieron acabado, Jaime que no podía de la emoción, apuró a su padre para que llegara la hora de la verdad.

Ahí estaban los tres hermanos, de nuevo en fila y bien firmes, esta vez en el salón. Su padre se aclaró la garganta y tras un silencio que les pareció eterno sentenció:

‒Fer, tú que eres el más pequeño, coge esta piedra preciosa y guárdala siempre en el bolsillo. Con ella tendrás el poder del calor. Cada vez que tu madre tenga frío, agarra con fuerza la piedra, vete hasta ella y acurrúcate en su pecho. Mamá jamás volverá a tener ni un solo escalofrío.

El pequeño agarró la piedra con fuerza y con cuidado la metió en el bolsillo.

‒Álvaro, tú tendrás el poder del súper salto. ‒Dijo mientras colocaba a su hijo la vieja camiseta sobre los hombros y la ataba manga con manga a modo de capa. ‒Deberás ponértela siempre que tu madre esté triste. Cuando esto ocurra, salta lo más alto que puedas y abrázala. Su tristeza se convertirá en una gran sonrisa.

El mediano se miró al espejo y comenzó a sentir el superpoder.

‒Y por último, Jaime. Cada vez que veas que mamá tiene miedo, escúchame atento. Coge esta pintura, dibuja dos rayas en cada una de tus mejillas, como un gran soldado, ve hasta tu madre y di exactamente estas palabras: “Mamá, no pasa nada. Yo estoy aquí para protegerte.” Repítelo, por favor. ‒pidió el padre.

‒”Mamá no pasa nada. Yo estoy aquí para protegerte.” ‒dijo solemne mientras el padre le entregaba la pinturilla.

‒Chicos, ahora acercaros a mí. Solo queda una cosa por hacer. Juntad las manos, cerrad los ojos y pensad cada uno en su cometido. Dar calor, abrazar y proteger a mamá. Con vosotros nunca le pasará nada malo y si mamá está bien, todos estaremos bien. Ella es nuestro tesoro. ¿Creéis que podréis hacerlo? ‒les preguntó con tono bajo y serio.

‒Sí, papá‒respondieron al unísono.

Desde aquel día los niños con la piedra, la capa y la pintura se sintieron poderosos. Nunca, hasta pasados unos años, se llegaron a figurar que de por sí ya eran superhéroes. Su inocencia, ingenio y felicidad salvaban cada día la sonrisa de sus padres.