Arrugas de vivir

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Ilustración: Beatriz Arribas
Arrugas de vivir

Nico estaba sentado en el suelo del salón, al lado de la chimenea de piedra que había construido con diligencia el abuelo en su juventud.

En el pueblo hacía mucho frío y cuando caía la noche era mejor acurrucarse cerca del fuego y divertirse con el parchís o con un buen libro, que agarrar una pulmonía merodeando por la plaza mayor.

Aquella noche las mujeres de la casa estaban de fiesta. En agosto se casaría su tía Ana y todas andaban en la despedida de soltera. Su padre y su hermano no vendrían hasta el domingo, así que Nico y el abuelo se quedaron solos en la casona.

Lorenzo se había sentado en la vieja mecedora al lado de su nieto. Bebía tranquilamente un vaso de leche caliente y observaba con calma el tedio del niño. ¡Madre mía! ¡Cómo se parecía aquel crío a él!

De repente, el abuelo recordó una imagen graciosa de cuando Nico tenía cinco años y le llevaba al parque. Se levantó con dificultad de la mecedora y fue arrastrando las pantuflas hasta el mueble de la entrada. Cogió la foto y se la pasó a Nico con una amplia sonrisa.

No había duda. ¡Eran tal para cual! Estaban esperando a que se abriera un semáforo. Probablemente la foto la hizo su mujer desde la otra acera. Iban los dos de la mano, con pantalón beige de pana y un abrigo verde botella. Ambos con el pelo revuelto, gafas anchas, misma actitud jovial y, por supuesto, misma pose. Nico era la viva imagen de Lorenzo.

‒Te he visto ahí desgarbado en el suelo con cara de aburrimiento y me has recordado a mí. Hijo, sé que te lo dice mucha gente pero es que en verdad te pareces mucho. ¡Qué suerte tienes! ‒comentó el abuelo guiñándole un ojo en tono burlón.

‒Bueno abu, si de verdad es así, ¡estupendo! No seré muy guapo pero al menos no me quedaré calvo‒ le contestó Nico divertido.

Al rato, les rodeaban viejos álbumes, fotos y retratos que iban esparciendo por el suelo. Parecía que las instantáneas y los azulejos conformaran un gran mural.

Pasaron las horas y el joven descubrió un montón de cosas que no conocía de la familia. Supo cómo el abuelo se había ganado la vida comenzando como aprendiz en una carpintería, cómo los fines de semana ayudaba a su padre con las ovejas en el campo. Supo cómo se habían conocido sus abuelos en una estación de autobuses y cómo Loren había pedido matrimonio a la yaya. Se sorprendió al conocer cómo reaccionaron cuando supieron que tendrían su primer hijo, y el segundo y el tercero y el cuarto, hasta Ana que sería la quinta y última. Loren le contó lo felices que fueron cuando les anunciaron que serían abuelos… Y entonces, Nico le dejó con la palabra en la boca, subió corriendo las escaleras de la casona, cogió la cámara de fotos, bajó hasta el salón, capturó con ternura la expresión de su abuelo y pensó: “De mayor, quiero ser como tú. Quiero tu sonrisa y tu paciencia. Y también quiero tus arrugas. Sí. Tus arrugas son bonitas, porque son arrugas de vivir.”