El cercanías de las ocho y tres

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Ilustración: Beatriz Arribas

El cercanías de las ocho y tres
Trabajo lejos de casa. Al menos, tardo una hora en llegar a la oficina y como, de momento, no tengo coche, cojo el cercanías de las ocho y tres.

A esas horas puedes imaginarte mi cara… No es que sea fea hasta el extremo, pero te aseguro que siendo la misma persona, no tengo nada que ver un sábado noche con un lunes a primera hora.

Bueno, eso era hasta que le conocí… Creo que desde entonces, he mejorado mucho mi aspecto entre semana.

Cada mañana me siento en el cuarto banco de metal, al lado del viejo panel con el mapa de Madrid. No es una manía, es que frente a ese banco está la salida exacta al llegar a mi parada. Se trata más bien de ser práctica y ahorrarme unos segundos de trayecto.

Llevo dos años y medio sentándome en el mismo banco esperando al tren y jamás me había fijado en el resto de pasajeros que, como yo, con avenidas ojeras añoran su cama mientras se disponen a comenzar la jornada laboral.

No se me olvidará la fecha porque la memoria es muy sabia y selectiva. No se me olvidará porque sueño con que vuelva a suceder.

El viernes 20 de junio de hace casi siete meses, me senté como siempre en el cuarto banco de metal. Llevaba unos vaqueros rotos, una camiseta blanca y ajustada, las zapas rojas desgastadas y el bolso a juego. Cargaba con el tupper y el portátil y me pesaban los párpados más que de costumbre.

Al poco, un chico joven, moreno se sentó a mi lado. Sacó de su carpeta un folio en blanco y con destreza creó un sencillo y elegante pájaro de papel. Giró la cabeza y nos miramos. Sin decir una sola palabra, sin apartar de mí sus arrebatadores ojos color miel, colocó el pájaro sobre mi rodilla regalándome la sonrisa más bonita que he visto jamás.

Tranquilo, subió al tren y yo, boba, bobísima, estaba tan anonadada que me quedé muda, quieta y con el pájaro en la mano.

Desde entonces, cada mañana me siento en el cuarto banco de metal, al lado del viejo panel con el mapa de Madrid. No es que sea maniática, sino que en ese banco está la salida exacta a mi felicidad.