Estúpida confianza

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Ilustración: Beatriz Arribas

Estúpida confianza

De un arrebato salí de trabajar y compré el siguiente vuelo. Me iba a gastar más de medio sueldo para estar allí menos de 24 horas. La ocasión lo merecía.

A las cinco de la mañana, hice la mochila porque maleta no me hacía falta y con el metro llegué hasta Barajas.

Las ojeras me llegaban a los talones, pero a estas edades nada es poco y no me iba a arrepentir. ¿Para qué están el tiempo y el dinero si no es para usarlos con quien más quieres?

Desde el asiento pensaba en que estaría en mi isla y que, por primera vez, iba sin que nadie lo supiera, sin pisar por casa, sin ver a mis amigos…Iba solo por y para ella.

Aterrizó el vuelo y acto seguido, cogí el primer taxi libre. Con un hilillo de voz indiqué la dirección de la casa mientras el coche arrancaba. Estaba nervioso, excitado… ¡Era mi segunda locura por amor! La primera salió mal pero con ella, todo era diferente.

Habíamos discutido porque era muy celosa. Siempre me ha gustado ir de fiesta y cuando veía las salidas en Facebook, estallaba en unos celos que acababan en pelea telefónica.

Y ahí estaba yo, camino de la reconciliación. Porque la distancia mata, pero cuando estás cara a cara de forma inconsciente se deja a un lado la discusión para saborear el momento de volver a estar juntos.

Bajé del taxi con las piernas hechas un flan, el corazón a mil por hora y una sonrisa de oreja a oreja. Subí en ascensor. Llamé a la puerta y esperé. María, su asistente, me abrió y pasé al hall. La buscaba con la mirada y no la encontraba.

Subí las escaleras, me dirigí a su habitación y cuando fui a abrir la puerta, la cerró en mis narices.

‒¡Qué haces aquí! ¡Antes de venir, se avisa!‒ decía desgañitándose la garganta.

Se olía el pastel desde hacía rato. Mi corazón seguía a mil por hora pero había pasado de felicidad a incredulidad, de excitación a rabia. De un golpe, abrí la puerta de la habitación y le vi. A otro. Desnudo entre las sábanas.

Qué asco.

Atónito, me acerqué a él, abrí bien la palma de mi mano y se la estampé en la cara. Salí del cuarto despacio. Llegué al ascensor y esperé a que llegara con ella a mi lado. Mi mirada era de odio profundo, de decepción, de tiempo perdido, de rabia acumulada. Pero no dije nada. No se merecía ni una palabra. Y mientras… El silencio nos comía, nos alejaba, nos enfrentaba.

¿Dónde habían quedado sus palabras? ¿Dónde estaban los te quiero? ¿Qué había pasado con lo nuestro?

Estúpida confianza. Era fundamental y la tenía perdida.