Los cobardes nunca hacen historia

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Ilustración: Beatriz Arribas

Los cobardes nunca hacen historia

Salgo a correr antes de ir al trabajo. Me relaja, me ayuda a afrontar el día con energía y buen humor. Como la fibra del anuncio.

Es una costumbre que siempre me ha resultado positiva. Observo la ciudad al ritmo de mis pisadas y descubro sus muchas facetas. De lunes a viernes a eso de las siete de la mañana, la calles están en silencio, apenas hay gente y se respira una calma solo habitual un día de agosto a la hora de la siesta en plena solana. ¡Nada que ver a cuando salgo con Isa! Corremos los fines de semana por El Retiro a horas más normalitas esquivando a los transeúntes entre charla, respiración y charla.

Cuando llevas años corriendo, te acostumbras a ver a “los habituales”. Son corredores que haga sol, nieve o lluvia ahí están. Sabes que te vas a encontrar al mazado por la zona de las barquitas, al pelirrojo estirando cerca de la entrada, a las gemelas cerca del pelirrojo… Digamos que somos como una gran familia. Y dentro de esta gran familia, siempre está tu favorito. Ni las gemelas ni yo tenemos tantas dudas como Isa. La quiero en el alma pero tiene el gusto variado, desviado y caprichoso. Las cosas como son.

En mi caso está el moreno. Es alto, delgado, de mi edad. Quizá un par de años más. Lleva pantalones cortos, deportivas a la última… Por las camisetas se nota que el running le entusiasma y por la velocidad ya ni te cuento…

Solo le ficho los sábados y domingos, y cuando pasamos por su lado noto que me mira. Bueno, no lo noto, lo sé porque yo también le miro a él. Ahí hay algo.

Al principio me decía a mí misma que era él quien tenía que dar el primer paso. Pero pasaba el tiempo y el tío nada. Mucha miradita, mucha miradita pero ahí se quedaba la cosa. ¡Es que hasta pensé que era mudo y por eso no me hablaba!

Para que te hagas una idea, soy la típica amiga picona que siempre anima a la otra a que haga lo que no se atreve a hacer. Total, ¡no lo tengo que hacer yo! Pero este chollo se me había acabado. Si quería saber del moreno iba a tener que aplicarme el cuento.

Hará cosa de un año, Isa se metió en mi papel y lo hizo muy bien. Allí estaba para recordarme lo que siempre me enseñó mi abuela.

Con un par, dejé a mi amiga yendo a diez por hora y aceleré al máximo con el corazón en un puño para colocarme al lado del moreno. Me acoplé a duras penas a su ritmo. Sudaba como un pollo, respiraba como podía y aún así saqué fuerzas para decirle con una amplia sonrisa que los cobardes nunca hacen historia.

Sí, era lo que siempre decía mi bisabuela y el arma infalible contra la timidez de mis amigas, pero aquella mañana fueron las primeras palabras que crucé con el padre de mi hija. La frase, la convicción, el motor que impulsó la historia de mi vida.