Perder el compás

Escrito por en Más relatos. Lo leerás en 3 minutos.

Ilustración: Beatriz Arribas

Perder el compás

Quería ser músico, sacar mil discos, tener fans y ganar premios. Por eso decidí tocar en la calle. No me resultó nada fácil. La timidez me podía… Pero no tenía contactos y si quería que alguien me escuchara, no quedaba otra.

Me coloqué en unas galerías cercanas a la Piazza. Allí si llovía, el amplificador, la guitarra y el micro no sufrirían ningún daño. Además, la acústica era buena y mi música resonaba por todo el pasaje.

Pasaron meses y aunque ningún cazatalentos se interesó por mí, yo seguía intentándolo. Me consolaba pensar que había transeúntes, mayores y pequeños, que se paraban un rato y disfrutaban conmigo de la música. Pero he de reconocer que ese consuelo no era suficiente. Me estaba dejando la piel en aquellas galerías.

Un martes cualquiera, a eso de las siete y media de la tarde, dejó de ser un martes cualquiera cuando ella pasó.

Llevaba el pelo recogido en un moño revuelto sujeto con un lapicero. Iba cargada de papeles hablando por el móvil y con paso militar, casi como si estuviera en una maratón, agujereaba el suelo de la galería con zapatos de tacón alto. Me quedé tan embobado que perdí el compás.

Desde entonces, decidí probar suerte. Todos los días a la misma hora tocaba aquella canción. Intuí que debía trabajar por ahí cerca y esperanzado, pensé que cualquier tarde se detendría a escucharme.

Anhelaba los segundos en los que pasaba por delante. Mis amigos se reían, ¿cómo podía estar así? Vale, la chica era guapa, pero ni la conoces y parece una estirada, me decían.

Entonces, decidí que aunque tocase la canción que sonó cuando me fijé en ella por primera vez, la pelirroja no me escucharía. Si no lo hizo aquel martes, ¿por qué iba a hacerlo los siguientes?

Busqué otra alternativa. Dejé de tocar los sábados y domingos, y me encerré en casa para componerle una canción. Si funcionaba, me valdría. A las chicas les gustan estas cosas, pensé.

Y comencé a tocarla todos los días de lunes a viernes a eso de las siete y media de la tarde.

Pero no hubo suerte…. ¿Tendría novio?

Semanas más tarde, decidí echarle narices y pasar al plan C. Si este no salía bien, sería el fin pero había que arriesgarse…

Ayer, dejé de tocar a las siete y cuarto. Me coloqué en la esquina de la galería mientras mi mejor amigo me cuidaba el chiringuito. Y la vi. Estaba espectacular. Tragué saliva, intenté calmar los nervios y me detuve frente a ella. Se asustó, solo un poco… Pero cuando miré profundamente a esos ojazos, respiró tranquila y me sonrió.

Como si ya nos conociéramos, le ofrecí el brazo, que agarró con ternura hasta el escenario improvisado. Me quité la chaqueta, la coloqué en el suelo y le pedí con sincera desesperación que, por favor, se sentara y me dedicara tan solo dos minutos. Asintió y yo, frente al público más exigente, toqué el primer acorde.

…te vi pasar,

y perdí el compás,

pero mi corazón supo,

lo que era la música de verdad…

Durante la canción no aparté mi vista de ella. Estaba cómodo, me sentía bien y me devolvía la mirada. En el último estribillo se levantó despacio, con elegancia. Pensé que se iría, pero no lo hizo. Cuando acabé, me acerqué a ella y seguí mirándola sin decir nada. Sonriente, me dio su tarjeta, un beso en la mejilla y se fue.

Dentro de nada van a dar las siete y media de la tarde. Estoy nervioso, impaciente… y es que ya no quiero ser músico, lo que quiero es que me haga perder el compás.