Pompas de jabón

Escrito por en Más relatos. Lo leerás en 2 minutos.

Ilustración: Beatriz Arribas

Llevaba más de diez años guardando un secreto que pesaba cada vez más. Al principio era casi invisible, tanto que parecía ligero. Era como una bonita pompa de jabón, de agradable olor y suaves matices, alojada en lo más profundo del corazón intentando no ser vista. Pero dolía. 

A ti también te dolía. 

En todo ese tiempo hubo tanto amor, que aquellos inabarcables sentimientos tapaban de lleno el dolor de la pompa. Y todos, sin miramientos, los encerramos juntas en el mismo cuarto. 

Allí, entre cuatro paredes, aireábamos las pompas. Allí, entre cuatro paredes, nos mirábamos tú y yo. Nos sentíamos tú y yo. Y dolía. 

A ti también te dolía. 

¿Por qué no contamos al mundo que nos amamos? ¿Por qué no olvidamos el qué dirán? ¿Por qué pensamos que nos rechazarían, si somos lo que somos y sentimos lo que sentimos y no hay nada de malo en ello? 

Así pasaron los años. Felices en aquel cuarto, jugando con nuestras pompas de jabón, imperceptibles para el mundo, presentes para nosotras. Si había amor, nada más importaba. Pero esconderlo dolía. 

A ti también te dolía. 

Varias veces nos planteamos el arrancarnos las pompas de cuajo, dejarlas libres. Sabíamos que seguir con ellas no era lo que tenía que ser, que oprimían el corazón y engañaban nuestras mentes. Sabíamos que fuera de aquellas cuatro paredes nos sentíamos reprimidas, incompletas, falsas. Sabíamos que encerrarnos en aquel cuarto negando al mundo que éramos una sola, no estaba bien. Pero eran nuestras pompas y ya habíamos aprendido a vivir con ellas. Aun así, dolía. 

A ti también te dolía. 

Ya no existe un tú y yo. Así estamos. Separadas. Sin cuarto. Hundidas en el dolor de lo que un día fue amor verdadero. Un amor, que de inmenso y oculto, dolía. Mucho. 

Perdóname. Perdóname porque necesito soltar la pompa. Necesito deshacerme de ella, sumergirla en agua, diluirla, ahogarla, matarla. Aunque ya no estemos juntas. Aunque tú quieras seguir conservando la tuya. 

Por favor, entiéndeme. Necesito liberarme. Cada vez que cuento quién soy de verdad, diluyo mi pompa y esta desaparece poco a poco, se esfuma y me ensancha el corazón. Por fin me deja respirar y siento que tengo alas para volar, fuerza para continuar. 

Te lo deseo todo. Aunque ya no estemos juntas. Aunque ya no pueda ser. 

Te conozco. Han sido diez años. Sé que ahora me odias, que no me quieres ver. Pero eres fuerte y delicada, maravillosa y especial, y sé que llegará el día en que me perdones, el día en que reúnas el valor para contarlo, y liberarte y liberarla.

No es fácil. A mí me ha costado nuestro tiempo. Me está costando ahora. Pero créeme, está dejando de doler. 

Me ignoras, me desoyes, me rehúyes y te quiero. Siempre te querré. De otra forma, pero siempre bien.

Y cuando comprendas que el mundo te quiere así, tan real, tan tú, acabarás por aceptarte… y soltarla.