Que te subes a la vida conmigo

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Ilustración: Beatriz Arribas

Que te subes a la vida conmigoQue no. Que te subes a la vida conmigo. ¡Que vamos a hacer un millón de cosas juntos! Que sentarnos en una terraza al sol con una doble, ¡o con lo que tú quieras!, es vivir. Que disfrutar de un concierto a tu lado, es música compartida y vale por dos. Que ver una película en casa, tapados con una manta mientras llueve en la calle, es placer. Que viajar a tu lado, es inmensidad. Que verte cada mañana, me llena el alma.
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Los cobardes nunca hacen historia

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Ilustración: Beatriz Arribas

Los cobardes nunca hacen historia

Salgo a correr antes de ir al trabajo. Me relaja, me ayuda a afrontar el día con energía y buen humor. Como la fibra del anuncio.

Es una costumbre que siempre me ha resultado positiva. Observo la ciudad al ritmo de mis pisadas y descubro sus muchas facetas. De lunes a viernes a eso de las siete de la mañana, la calles están en silencio, apenas hay gente y se respira una calma solo habitual un día de agosto a la hora de la siesta en plena solana. ¡Nada que ver a cuando salgo con Isa! Corremos los fines de semana por El Retiro a horas más normalitas esquivando a los transeúntes entre charla, respiración y charla.
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Perder el compás

Escrito por en Más relatos. Lo leerás en 3 minutos.

Ilustración: Beatriz Arribas

Perder el compás

Quería ser músico, sacar mil discos, tener fans y ganar premios. Por eso decidí tocar en la calle. No me resultó nada fácil. La timidez me podía… Pero no tenía contactos y si quería que alguien me escuchara, no quedaba otra.

Me coloqué en unas galerías cercanas a la Piazza. Allí si llovía, el amplificador, la guitarra y el micro no sufrirían ningún daño. Además, la acústica era buena y mi música resonaba por todo el pasaje.

Pasaron meses y aunque ningún cazatalentos se interesó por mí, yo seguía intentándolo. Me consolaba pensar que había transeúntes, mayores y pequeños, que se paraban un rato y disfrutaban conmigo de la música. Pero he de reconocer que ese consuelo no era suficiente. Me estaba dejando la piel en aquellas galerías.

Un martes cualquiera, a eso de las siete y media de la tarde, dejó de ser un martes cualquiera cuando ella pasó.
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Sherezade y su piedra de jade

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Ilustración: Beatriz Arribas

Sherezade y su piedra de jade

En un pequeño castillo al pie de las montañas, vivía la princesa Sherezade. Era algo bajita y rechoncha, de pelo castaño, grandes ojos verdes y sonrisa abierta. Tenía unos mofletes tan redonditos y tiernos que su madre en lugar de darle un beso, le daba un pequeño mordisquín en el pómulo haciendo que Sherezade riera a carcajadas. ¡Le hacía unas cosquillas tremendas!

A Sherezade le gustaba hacer excursiones por la montaña, jugar con otros niños, comer hamburguesas y pasar la tarde con su madre, sobre todo cuando volvía de un viaje trepidante.

La tarde en que la reina regresó de la China, tenía mil historias que contar a su princesita, así que encendió la chimenea del gran salón, preparó un chocolate caliente y estuvieron hablando durante horas.
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