Sí, me quiero

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Ilustración: Beatriz Arribas

Sí, me quiero

Llevaba un rato esperando a mi mejor amiga en un local muy cuco de Tribunal. Me calentaba las manos con la taza de té que minutos antes había pedido mientras repasaba mentalmente todas las conversaciones que había tenido con él desde marzo del año pasado. Las sabía de memoria.

Llegó Carol, mi fiel consejera en temas de amor, y sin pensarlo me lo soltó a bocajarro. No es que no me lo esperara, en redes sociales había indicios de fuga. También estaba ese sexto sentido que tenemos las mujeres, que olemos lo que se está cociendo a pesar de cerrar los ojos porque lo que olfateamos no nos gusta… Y con todo esto, y aunque una parte de mí ya lo supiera, no me lo pude creer.

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Bajo un manto de estrellas

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Ilustración: Beatriz Arribas

Bajo un manto de estrellas

Hacía mucho frío y estaban tiritando pero el solo hecho de estar juntos les hacía sentirse tan a gusto que todo lo demás no importaba.

Miraran donde mirasen hasta el más mínimo detalle era sencillamente espectacular. Les cubría un brillante manto de estrellas acentuado por la magia de la calma y la oscuridad. Bajo los pies la suave arena del desierto correteaba sigilosa con la ayuda de un mudo y gélido viento.

Sobrecogidos por la belleza del lugar, se dieron la mano y el tacto de la piel les arrancó un grato escalofrío. Quietos, bajaron la mirada regalándose una dulce sonrisa.

No sabemos cuánto tiempo pasaron sin mover un ápice de su cuerpo. Pero si es cierto que la felicidad se mide por momentos… Entonces, fui feliz.

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El beso

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Ilustración: Beatriz Arribas

El beso. Más cuentos en Cinco Minutitos Más

Allí estaba ella. Esperándome. Sentada en nuestro banco con la espalda erguida, los hombros relajados y la mirada al frente. El viento jugueteaba con su pelo y ella parecía disfrutar de sus caricias frescas y alocadas mientras respiraba el olor a algas, a mar.

Me quedé observándola apenas un instante. Era preciosa. Me acerqué poco a poco y tímido, me senté a su lado. Aguardaba con la sonrisa más espléndida jamás vista. Y entonces, descubrí que la vida sin ella no era vida.

Lo debió notar. Su pequeño sonrojo me decía a gritos que actuara pronto. Con decisión, me acerqué un poco más. La intensidad de sus ojos me daba miedo y esperanza a partes iguales. Estaba tan solo a unos centímetros de sus labios y esa distancia se me antojaba kilométrica.

Parpadeó lentamente varias veces sin dejar de mirarme y fue entonces, en el vaivén de sus pestañas, cuando contuve el aliento, cuando reuní el valor suficiente y la besé.

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