Los cobardes nunca hacen historia

Escrito por en Más relatos. Lo leerás en 2 minutos.

Ilustración: Beatriz Arribas

Los cobardes nunca hacen historia

Salgo a correr antes de ir al trabajo. Me relaja, me ayuda a afrontar el día con energía y buen humor. Como la fibra del anuncio.

Es una costumbre que siempre me ha resultado positiva. Observo la ciudad al ritmo de mis pisadas y descubro sus muchas facetas. De lunes a viernes a eso de las siete de la mañana, la calles están en silencio, apenas hay gente y se respira una calma solo habitual un día de agosto a la hora de la siesta en plena solana. ¡Nada que ver a cuando salgo con Isa! Corremos los fines de semana por El Retiro a horas más normalitas esquivando a los transeúntes entre charla, respiración y charla.
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Perder el compás

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Ilustración: Beatriz Arribas

Perder el compás

Quería ser músico, sacar mil discos, tener fans y ganar premios. Por eso decidí tocar en la calle. No me resultó nada fácil. La timidez me podía… Pero no tenía contactos y si quería que alguien me escuchara, no quedaba otra.

Me coloqué en unas galerías cercanas a la Piazza. Allí si llovía, el amplificador, la guitarra y el micro no sufrirían ningún daño. Además, la acústica era buena y mi música resonaba por todo el pasaje.

Pasaron meses y aunque ningún cazatalentos se interesó por mí, yo seguía intentándolo. Me consolaba pensar que había transeúntes, mayores y pequeños, que se paraban un rato y disfrutaban conmigo de la música. Pero he de reconocer que ese consuelo no era suficiente. Me estaba dejando la piel en aquellas galerías.

Un martes cualquiera, a eso de las siete y media de la tarde, dejó de ser un martes cualquiera cuando ella pasó.
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Sherezade y su piedra de jade

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Ilustración: Beatriz Arribas

Sherezade y su piedra de jade

En un pequeño castillo al pie de las montañas, vivía la princesa Sherezade. Era algo bajita y rechoncha, de pelo castaño, grandes ojos verdes y sonrisa abierta. Tenía unos mofletes tan redonditos y tiernos que su madre en lugar de darle un beso, le daba un pequeño mordisquín en el pómulo haciendo que Sherezade riera a carcajadas. ¡Le hacía unas cosquillas tremendas!

A Sherezade le gustaba hacer excursiones por la montaña, jugar con otros niños, comer hamburguesas y pasar la tarde con su madre, sobre todo cuando volvía de un viaje trepidante.

La tarde en que la reina regresó de la China, tenía mil historias que contar a su princesita, así que encendió la chimenea del gran salón, preparó un chocolate caliente y estuvieron hablando durante horas.
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Arrugas de vivir

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Ilustración: Beatriz Arribas
Arrugas de vivir

Nico estaba sentado en el suelo del salón, al lado de la chimenea de piedra que había construido con diligencia el abuelo en su juventud.

En el pueblo hacía mucho frío y cuando caía la noche era mejor acurrucarse cerca del fuego y divertirse con el parchís o con un buen libro, que agarrar una pulmonía merodeando por la plaza mayor.

Aquella noche las mujeres de la casa estaban de fiesta. En agosto se casaría su tía Ana y todas andaban en la despedida de soltera. Su padre y su hermano no vendrían hasta el domingo, así que Nico y el abuelo se quedaron solos en la casona.
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