Que te subes a la vida conmigo

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Ilustración: Beatriz Arribas

Que te subes a la vida conmigoQue no. Que te subes a la vida conmigo. ¡Que vamos a hacer un millón de cosas juntos! Que sentarnos en una terraza al sol con una doble, ¡o con lo que tú quieras!, es vivir. Que disfrutar de un concierto a tu lado, es música compartida y vale por dos. Que ver una película en casa, tapados con una manta mientras llueve en la calle, es placer. Que viajar a tu lado, es inmensidad. Que verte cada mañana, me llena el alma.
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Ramón, el verde camaleón

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Ilustración: Beatriz Arribas

Ramón, el verde camaleón

En el bosque más frondoso de Madagascar, entre árboles y flores de colores, vive Ramón, el camaleón.

Es pequeño y verde, y como el resto de su familia, tiene una lengua larga y súper rápida para captar los insectos más sabrosos, unas patas con forma de manopla para trepar por los árboles más altos, y unos ojos grandes y globosos para ver absolutamente todo. Cada ojo se mueve como quiere, dándole al camaleón una vista singular de casi 360 grados.

Hasta aquí, Ramón era como los demás. Sin embargo, poseía una peculiaridad que ningún otro camaleón tenía…
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Los cobardes nunca hacen historia

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Ilustración: Beatriz Arribas

Los cobardes nunca hacen historia

Salgo a correr antes de ir al trabajo. Me relaja, me ayuda a afrontar el día con energía y buen humor. Como la fibra del anuncio.

Es una costumbre que siempre me ha resultado positiva. Observo la ciudad al ritmo de mis pisadas y descubro sus muchas facetas. De lunes a viernes a eso de las siete de la mañana, la calles están en silencio, apenas hay gente y se respira una calma solo habitual un día de agosto a la hora de la siesta en plena solana. ¡Nada que ver a cuando salgo con Isa! Corremos los fines de semana por El Retiro a horas más normalitas esquivando a los transeúntes entre charla, respiración y charla.
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Perder el compás

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Ilustración: Beatriz Arribas

Perder el compás

Quería ser músico, sacar mil discos, tener fans y ganar premios. Por eso decidí tocar en la calle. No me resultó nada fácil. La timidez me podía… Pero no tenía contactos y si quería que alguien me escuchara, no quedaba otra.

Me coloqué en unas galerías cercanas a la Piazza. Allí si llovía, el amplificador, la guitarra y el micro no sufrirían ningún daño. Además, la acústica era buena y mi música resonaba por todo el pasaje.

Pasaron meses y aunque ningún cazatalentos se interesó por mí, yo seguía intentándolo. Me consolaba pensar que había transeúntes, mayores y pequeños, que se paraban un rato y disfrutaban conmigo de la música. Pero he de reconocer que ese consuelo no era suficiente. Me estaba dejando la piel en aquellas galerías.

Un martes cualquiera, a eso de las siete y media de la tarde, dejó de ser un martes cualquiera cuando ella pasó.
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