El secreto de los Mun

Escrito por en Más cuentos. Lo leerás en 4 minutos.

Ilustración: Beatriz Arribas

El secreto de los Mun.

La alarma sonó.

‒¿En serio ya es la hora?‒pensó Pedro. ‒¡Si no me ha dado tiempo a nada!

El muchacho a regañadientes recogió el telescopio, lo metió con cuidado en la mochila, subió a su bicicleta y comenzó a pedalear tan rápido como sus piernas se lo permitían. La señora Mun odiaba la impuntualidad y él no tenía ninguna gana de hacer enfadar a su abuela.

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Que te subes a la vida conmigo

Escrito por en Más relatos. Lo leerás en 1 minuto.

Ilustración: Beatriz Arribas

Que te subes a la vida conmigoQue no. Que te subes a la vida conmigo. ¡Que vamos a hacer un millón de cosas juntos! Que sentarnos en una terraza al sol con una doble, ¡o con lo que tú quieras!, es vivir. Que disfrutar de un concierto a tu lado, es música compartida y vale por dos. Que ver una película en casa, tapados con una manta mientras llueve en la calle, es placer. Que viajar a tu lado, es inmensidad. Que verte cada mañana, me llena el alma.
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Ramón, el verde camaleón

Escrito por en Más cuentos. Lo leerás en 5 minutos.

Ilustración: Beatriz Arribas

Ramón, el verde camaleón

En el bosque más frondoso de Madagascar, entre árboles y flores de colores, vive Ramón, el camaleón.

Es pequeño y verde, y como el resto de su familia, tiene una lengua larga y súper rápida para captar los insectos más sabrosos, unas patas con forma de manopla para trepar por los árboles más altos, y unos ojos grandes y globosos para ver absolutamente todo. Cada ojo se mueve como quiere, dándole al camaleón una vista singular de casi 360 grados.

Hasta aquí, Ramón era como los demás. Sin embargo, poseía una peculiaridad que ningún otro camaleón tenía…
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Bajo un manto de estrellas

Escrito por en Más relatos. Lo leerás en 1 minuto.

Ilustración: Beatriz Arribas

Bajo un manto de estrellas

Hacía mucho frío y estaban tiritando pero el solo hecho de estar juntos les hacía sentirse tan a gusto que todo lo demás no importaba.

Miraran donde mirasen hasta el más mínimo detalle era sencillamente espectacular. Les cubría un brillante manto de estrellas acentuado por la magia de la calma y la oscuridad. Bajo los pies la suave arena del desierto correteaba sigilosa con la ayuda de un mudo y gélido viento.

Sobrecogidos por la belleza del lugar, se dieron la mano y el tacto de la piel les arrancó un grato escalofrío. Quietos, bajaron la mirada regalándose una dulce sonrisa.

No sabemos cuánto tiempo pasaron sin mover un ápice de su cuerpo. Pero si es cierto que la felicidad se mide por momentos… Entonces, fui feliz.

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